No sé de qué voy a escribir…


Me siento al ordenador. La verdad es que estoy un poco desganado. No sé de que voy a escribir. Mi cuerpo me pide decir algo pero mi mente está cansada. No pasa por sus mejores momentos. Desde luego hoy no voy a hablar de la crisis, de las idioteces que hacen los que nos gobiernan en todos los estamentos. Podría hablar de monarquía, pero no me encuentro con ganas ¡vive la république! Otro día seguro que no se me pasa. Pondré un título en los borradores, junto a una discusión sobre la edad de comienzo de la edad de secundaria (12/13 años). Pero hoy no hablaré de eso.
Puedo comentar la soledad, pero creo que ya hablé de ello. Puedo decir que el jueves fui al teatro. Solo. La obra era en el lugar en que trabajo. Había muchas personas conocidas, pero me sentía completamente solo. Afortunadamente me encontré con un compañero y pude disimular durante unas horas mi soledad. Al final, vuelta a casa. Solo.
Así que tampoco quiero hablar de ello. ¿De qué? ¿De mi aversión al fútbol? La verdad es que no me apetece. Antes, veía de vez en cuando algún partido, seguía el día a día de los resultados y me era, más o menos, indiferente. Últimamente no puedo soportarlo. Supongo que soy un mal padre, porque creo que el motivo es mi hijo de nueve años que no me habla de otra cosa. En fin, espero que con los partidos de verdad (los de mi hijo) de la temporada que viene “vuelva al redil”.
Podría hablar de la programación, de como disfruto analizando problemas de la gente que me rodea y proponiendo y ejecutando las soluciones. Me da igual que me paguen como a un administrativo más, o que me bajen mi sueldo casi mileurista, lo importante es que en mi trabajo disfruto como un enano. Así que no hablaré de la integración de Spring e Hibernate o de los problemas que estoy teniendo para ejecutar el proyecto que desarrollo en un servidor Jetty con scripts de Maven.
Podría habar de mi última pasión: la escritura. Uno de los microrelatos que escribí este año decía: “Pensaba como superar nuestra separación, cuando las letras me atropellaron, devolviéndome a la vida después de haber muerto“. Así me he sentido este año. La escritura me ha dado la vida.
Pero sobre todo me gustaría hablar de amistad. De lo infravalorada que está la verdadera amistad. Todos conocen el dicho de que un amigo es un tesoro. Es mucho más que eso. Yo he sido muy afortunado en mi vida. He tenido una mujer maravillosa, la única de mi vida. Pero eso se acabó y ahora me doy cuenta de que me he quedado sin nada. En fin, todos mis amigos se han ido quedando por el camino. Creo ser una buena persona (aunque no soy quien para juzgarme) pero todas mis relaciones terminan igual: me olvido de conservarlas. He dicho ‘olvido’ pero no es cierto. Pienso continuamente en ellas, pero no doy ni un paso para retenerlas. O si lo doy, jamás doy el segundo si no he tenido respuesta en el primero. A veces se habla de lo bonito que es una amistad para irse de marcha o pedir/dar ayuda en caso de necesidad. Es cierto, pero no es eso lo que a mí me hace falta, nunca me ha importado no salir mucho y, afortunadamente, no he necesitado pedir ayuda casi nunca. Estoy desvariando, así que os pondré un ejemplo. Hace unas semanas hice un pequeño programilla (ni siquiera se le podría llamar así de lo sencillo que era) en el trabajo. Se lo pasé al usuario y ciertamente les he evitado un montón de horas, dudas y preguntas. Recibí un correo de respuesta dándome las gracias. Por supuesto, mi pecho se llenó de pecaminosa vanidad y ninguna modestia. Pero no tenía a quien contarle lo que había hecho. Es malo no tener a quien contar tus problemas, pero os aseguro que puede ser peor no tener con quien compartir un momento puntual de felicidad, especialmente si es en una fase de tu vida donde hay pocos claros en un cielo habitualmente nublado.
En fin, no sabía de que iba a escribir y me ha salido esto. Desde luego no era lo que pensaba al principio pero aquí está. Un abrazo para todos los que habéis llegado leyendo hasta aquí para escuchar mis rollos. Sois unos monstruos.

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